Un vikingo en mi calle

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Que razón tenía mi madre cuando nos decía: no salgáis ni a la puerta de casa sin estar arregladas.  Ella era de las que pensaba que en cualquier esquina nos estaría esperando el destino con nuestro príncipe azul.

Su consejo, más que para mi, iba dirigido a mi hermana, que salía vestida a la calle como se le cantaba. Le importaba un pito el qué dirán, y no se cambiaba, ni aún sabiendo que podría encontrarse con el mismísimo rey.  Ella era la rebelde de la casa, que en realidad, odiaba tener que pensar en qué ponerse.

Siempre se río de esta absurda idea de nuestra madre y claro, nunca se la tomó en serio.  Esta anécdota, viene a cuento de mi encontronazo con un vikingo esta mañana.  Me hallaba bajando unas bolsas de la compra del coche, cuando justo salía de la puerta del vecino un auténtico vikingo, altísimo, de bellos ojos azules, de melena rubia dorada, impactante.  Vamos, salido de la pantalla grande seguro. Me he quedado como un pasmarote, con las dos bolsas, una en cada mano, sin atinar más que a decir, un tímido y bajito: buenos días.

Y me pregunto: ¿qué hacía Chris Hemsworth (marido de la Pataki) en casa de mi vecino?  Claramente podría venir a ser su doble. Luego, más tarde, le volví a ver entrando en casa del cromagnon de mi vecino, por lo que deduzco que me lo podría volver a topar en cualquier momento.

Menos mal que yo siempre hice caso a mi madre y aunque nunca me crucé con ningún príncipe azul, si lo hice con hombres interesantes, a pesar de que ninguno de ellos tenía belleza escandinava. En lo que a mi se refiere, siempre he ido de sexy por la vida y pretendo que así sea hasta mi muerte: que por cierto, quiero que me entierren en vaqueros y con tacones, por favor.

Gato de chalet

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Tras varios años postergando el regreso a casa, llegó el día de bajarse del avión y aterrizar en su vieja aldea llena de cariño. Penosamente, la bienvenida le pareció una sentencia de arresto domiciliario con orden de alejamiento de la buena vida que llevada hasta entonces.

Esto es algo duro de encajar para alguien que lleva mas de media vida en la vorágine del trajín, de quienes apenas abren los ojos cada mañana, tienen la cabeza llena de planes y grandes proyectos, y así en frío y de golpe un día, pasa simplemente a levantarse de la cama.

Al cabo de las semanas y una vez sacudida la nostalgia que llevaba encima, fue acomodándose y entrando en razón, aceptando que tampoco estaba tan mal gozar de su propia casa, de su buen coche, y empezar a disfrutar de su pensión en euros en el país de los pesos. Que viene a ser lo mismo, que la privilegiada vida de un afortunado gato de chalet.

Siendo bien realista, debo admitir que una vida normal suele ser bastante aburrida, pero como tampoco es posible vivir eternamente en fantasilandia, subido a la montaña rusa, con fuegos artificiales a todas horas, !que remedio!

Y después de todo, ahora va a resultar que la tranquila vida del gato de chalet, es la más semejante a la suya, la de una tigresa en retiro.

 

Del guau al uy…

guau

Frivolidades aparte, he tomado la inteligente decisión de pasar a vestirme como una mujer más discreta y a despedirme de los guau que todas mis ropas asombrosas provocaban. Fue la sensatez que en secreto me dijo: mujer, es hora de bajar unos peldaños y encaminarte hacia el ah de la elegancia. Es hora de dejar atrás los guaus, y evitar los uys a tu paso.

Reconozco que muchos guaus, iban acompañados de una buena dosis de vanidad, y ahora  en cambio los uys, entrañan más desatino que otra cosa.

Dicen los sabios que hay una edad para todo en la vida y no podría estar más de acuerdo.  Sin embargo, dramáticamente puede ocurrir que cuando llegue la hora de cambiar de pista, de la alta velocidad a la mediana, podría hacerse con suavidad y total control, o dar un solo volantazo y acabar en la cuneta.

Me parece curioso todo este preámbulo para llegar a describir la revolución en mi armario. Aunque se que me costará lo mío, pasar del excitante guau al ah de la boca abierta, finalmente lo acabaré asumiendo, más que por sensatez, por miedo al ridículo, que es más fuerte que todo lo demás.

Desapareciendo

 

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Acabo de tropezarme con un espejo y no se quien era la que estaba en él. Temo ya no reconocerme, en alguna parte del camino se perdió esa idea de como era yo. Por más que busco a la dueña de esa mirada de ojos grandes, llenos de curiosidad, ya no la encuentro.  Sin embargo, solo me llegan los reflejos de un pasado de esplendor.

Veleidoso paso del tiempo, que viene a fijarse en la mirada, y a mudarnos el rostro a su antojo. Implacable, inexorable, pasará sobre nosotros, año tras año, fustigando nuestra piel hasta convertirnos en ancianos.

¡Y qué decir de mis manos!, pobre de ellas, fiel reflejo de una mujer laboriosa y polivalente, que sin vergüenza delatan la edad que tienen. Quisiera esconderlas de las miradas escrutadoras, pero es inútil, ningún bolsillo, ni guantes podrían ocultarlas para siempre.

¡Que diablos!, vivir envejece, estoy en ello, en pleno proceso.  No es un camino fácil, a partir de aquí, casi todo es empedrado, cuesta arriba casi siempre, inesperadas ventiscas nos azotarán la cara, una mezcla de lluvia y lágrimas imposibles de secar.  Por fortuna,  tras la tormenta siempre llega la calma, y total, nada dura para siempre, ni siquiera nosotros.

 

 

 

Al despertar

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Se sentó al borde de su cama, todavía estaba oscuro, amanecería dentro de poco, descalza sentía el frío del suelo bajo sus pies, unos pies que no delataban lo lejos que por el mundo la habían llevado. Comenzó acariciándolos con ternura, luego deslizó sus manos por sus piernas, sus brazos, su vientre, sus pechos y siguió palpándose con suavidad, sus párpados, sus mejillas, su nariz, se dibujó los labios y de pronto, una profunda tristeza la invadió, sintió que se amaba tanto, tanto a si misma, que lloró su propia muerte.

Comenzaba un nuevo día, uno más, y sin embargo la tristeza no le abandonada, una inquietante angustia pesaba en su alma. Tampoco era algo extraño en ella, solía embargarle ese sentimiento de mortalidad inminente, pero esta mañana era diferente, algo misterioso la había despertado. Solo unos segundos más de quietud y luego, simplemente comenzó su día, su jornada, aunque aún pensativa, se encaminó hacia la puerta, cogió su bata, se envolvió en ella, y salió a preparar el desayuno, con toda normalidad, como en un día cualquiera, como si ella nunca fuese a morir.

 

En pijama y en pantuflas

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De nuestras noches en pijamas y en pantuflas, estirando las horas hasta la madrugada, tu y yo, como dos niños siguiendo con entusiasmo los episodios de Grey`s Anatomy, Lost, Juego de Tronos, Merli, Casa de Papel, Vis a vis, en fin, y tantas otras más que ya ni recuerdo. Algunas noches estamos tan enganchados, que hasta olvidamos que toca irse a dormir.

Hemos descubierto un mundo de series, en capítulos de 45 minutos, de historias llenas de emoción, drama, acción y suspenso, que resultan ser toda una chispa de vida para quienes todavía jóvenes nos hayamos retirado, o mejor dicho, hayamos sido retirados. Nosotros los jovelados, muy jóvenes para jubilar y muy viejos para trabajar.

Me pregunto ahora mismo, cuántos jovelados habrá en el mundo de los países capitalistas, y en los otros, mejor no hablar. Me pregunto, a cuántos les habrá pillado la edad terrible de quedarse sin trabajo.  Y cuántos se encontrarán esperando a cumplir los sesenta y algo, para acogerse a una pensión.

Nos hemos convertido en los eternos vacacionistas, con más tiempo libre del que jamás imaginamos, solo unos pocos privilegiados tendrán dinero suficiente para mal gastar y el resto, se consolarán con la entretención más barata y diversa existente ahora mismo: la realidad virtual.

Desde luego, se ha convertido en un estupendo plan para las noches en casa, despanzurrados sobre el sofá, tan ricamente viviendo con excitación la vida de los otros.

Como matar a una intelectual

intelectual

La interrogante más correcta sería: qué es lo que mata a un intelectual, y no el cómo.

Si desmenuzamos ese cómo, de entrada diría que explotando su buena disposición para las tareas domésticas, cargando y descargando continuamente los carros del supermercado, horas de cocinado, preparando desayunos, meriendas, lavando platos y cacharros, pasando la aspiradora,  sacudiendo el polvo, cargando lavadoras, mudando ropas de cama, reponiendo toallas, en fin, es un largo etcétera.

Como resultado tenemos, horas de tareas obligatorias, pero necesarias. Una casa desatendida porque sus moradores están muy ocupados satisfaciendo sus necesidades intelectuales, sería un auténtico caos.  Imaginaros solo por un momento, los niveles de suciedad acumulada, los cristales oscuros de polvo, días sin recoger la basura, una nevera enfriando el frío, comiendo solo comida preparada, la ropa sucia durmiendo eternamente, y el baño, quizás sea lo peor, lo más asqueroso.

Viendo lo visto, y exceptuando a una gran mayoría que no podría permitirse una empleada de casa, ¿en qué momento esta persona podría ocuparse de sus asuntos, revisar sus trabajos, adelantar ese proyecto que lleva días aparcado, de repasar y reflexionar sobre el reportaje que duerme en su escritorio, coger ese libro que compró hace semanas, concentrarse por unas horas y escribir?  Como veréis mis queridos, es misión imposible, no hay tiempo para las neuronas, solo tiempo para la fregona.