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Doble cara

“No sabemos si todo rostro mezquino responde a un temperamento sórdido, pero queremos suponer que todo rostro generoso es la consecuencia de una constitución espiritual fuera de lo común”, esto escribía Juan José Millás en uno de sus artículos.  Y Jean Cocteau también dijo: “creo, que a partir de cierta edad cada uno es responsable de su rostro”.

La idea de que nuestro rostro va tomando el aspecto que nuestro espíritu es capaz de darle, impresiona a cualquiera que se mire al espejo y se reconozca, o no, con la imagen que éste vaya adoptando tras cada cumpleaños.

Un gran amigo mío solía lamentarse y nos decía a quienes admirábamos su poesía, que él tenía la cara de un carnicero y el alma de un poeta.  Y puestos en su lugar, comprendíamos su frustración.  En su caso,  ya no era cuestión de mirarse o no al espejo, le bastaba confirmar la admiración que despertaba en quienes le leían, sin llegar a conocerle.

Muy a su pesar, cargaba con una imagen que no hacía justicia a su sensibilidad y delicadeza.  Pero ya puestos a imaginar otros dislates semejantes, cuántos caeríamos rendidos ante un ser de rostro angelical, pero despiadado?

¿Y qué tal sería admitir que la sabia naturaleza, al nacer nos ha dotado de la mente, cuerpo y espíritu,  precisos para realizar nuestro rol, a lo largo de nuestra vida?

Esta última interrogante deja al menos dos ideas:  que no hay azar pero si hay predestinación, en nuestra fisonomía.

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