Equivocación a los sesenta

Acompañada de un buen café, un buen cigarrillo y del hombre que estaba destinado a ser su marido, aunque no antes de salvar una barrera de obstáculos, en un momento de infidencia le confesó: “yo no habría podido salvarla, pero ella me habría hundido a mi”. Lo dijo refiriéndose a su ex mujer.

Ella, la prometida, no se sentía culpable, ni menos la causante de la ruptura de su matrimonio, éste ya estaba roto mucho antes de ella aparecer.  Durante años él guardó las apariencias por cómoda conveniencia más que nada.  Además sin ley de divorcio, la separación no era una opción.

Sin embargo, lo que a la prometida entonces verdaderamente le impactó, fue comprender que su rival le sobrepasaba en 20 años la edad y pensó en lo duro que debía ser el fracaso a su edad.  Sobre todo cuando apenas queda margen de maniobra. Y por supuesto que no es lo mismo fallar a los cuarenta, que hacerlo a los sesenta, al filo de lo irreversible.

Han pasado veinte años desde entonces y hace unas semanas, ella se enteró del fallecimiento de la ex y recordó las últimas palabras que ésta dijera al que fuera su marido, un día que se lo encontró por la calle, llevando a su hija pequeña de la mano, mirándoles con dulzura, le dijo:  “ahora entiendo el final de lo nuestro, era tu hija la que tenía que venir…”   Y para que sean mejor entendidas sus palabras, he de mencionar que ella no pudo tener hijos.

sesenta

 

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