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Mi espejo tiene 20

Cada vez que me mira mientras me acicalo para salir, mi hija de veinte hermosos años me observa con cariño, comprensión y dulce complicidad.  Creo intuir lo que piensa, aquello  que quisiera decirme y no se atreve, solo deja caer algún suave y sutil comentario para que me quite el lápiz que marca exageradamente mis labios.  Ella evita herirme porque me quiere, además es una gran diplomática y domina  muy bien el lenguaje eufemista.

Ya lo he dicho antes, mi espejo tiene veinte años y aunque me mira con cariño no puede ocultar la desazón que le produce ver a su madre como los años la van marcando y tal vez imaginando, como se verá ella, cuando también le toque.  Curiosamente su dulce complicidad, en cierto modo, me hace sentir algo culpable por mis largas ausencias y distancias de la mía propia, cuando ésta se hacía vieja.  Pero no tengo excusas, vivíamos tan lejos la una de la otra, que jamás nos habríamos planteado escribirnos sobre estos temas. Desde siempre, nuestras abuelas, nuestras madres, las mujeres de toda la vida, han dado este paso a la vejez, solas.

Lo que a tu edad bella hija mía se desconoce, es como la resignación se va metiendo dentro de nuestro ser, tan sigilosa, silenciosa y solapadamente, cual anestésico penetra en nuestras venas, hasta conseguir adormecernos y hacernos insensibles a lo que nos está ocurriendo, simplemente no nos damos cuenta, de que estamos envejeciendo. !Que sabía es la naturaleza!

mum

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