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Ruegos y milagros

Qué desilusionante es en la vida la oración que no es oída, la fervorosa plegaria que no traspasa umbrales, ni las implorantes súplicas y ruegos que se pierden en la nada.

Tal vez fuera preciso arrodillarse, elevar el espíritu y abrirse de corazón y así nuestras oraciones alcanzarían la gracia divina.

Sólo con la fe que mueve montañas, muchas de las grandes aflicciones de la humanidad, se mitigarían.  Cada vez se es menos crédulo a medida que vamos siendo adultos y esa temprana fe que nos hacía creer en papá Dios, hoy nos parece pueril y hasta cuesta admitir, que de pequeños nuestras manitas rezaban con fervor.  Y hablando de fe, la descripción que hace José Antonio Marina es la que más me gusta: “la fe es pasar de la seguridad de lo visible a la seguridad de lo invisible”.

Según parece sólo algunos privilegiados experimentarán milagros en sus vidas, aunque para la gran mayoría de escépticos,  éstos no sean más que meras coincidencias.  Llegados a este punto, ¿acaso no es más edificante dejarse llevar por certidumbres positivas, que nos llenen de optimismo y amor por la vida, a ser esclavos de creencias negativas, que sólo dan más infelicidad que otra cosa?  A todas luces parece mil veces mejor, echar a correr la imaginación e impregnarse de buenas ideas, generosas, casi edénicas.  En cambio, no así el pobre “hombre sin fe”, que no cree en nada y que al fin de cuentas, solo él se lo pierde.

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