Mi Yves Montand

Sin duda ese fue un verdadero flechazo, ocurrió no más escucharle hablar, su voz sonaba irresistiblemente viril, seducía con cada palabra que pronunciaba en su formidable castellano, con suave deje catalán, que simplemente la enamoró. Acababa de llegar hacía solo unos días del viejo mundo, era alguien que venía empapado de esa cultura que ella tanto admiraba.  No pasó de ese momento para que ella comprendiera, que ese era el hombre de su porvenir, vio en él pasar todo su futuro. Sin embargo, su Yves Montand catalán, la superaba en cinco lustros su edad, aunque dado el estado de encantamiento en el que se encontraba, este era solo un pequeño detalle sin importancia.

Imaginó con él toda una vida rica, intensa, vibrante, de intelectualidad fascinante.  Junto a su Montand, amueblaría su todavía maleable testa, aprendería del mejor, absorbería como una aplicada esponja, devoraría gustosa aquellas sugerentes lecturas, entre ellas: a las grandes féminas de la literatura de todos los tiempos. En fin, iría adonde su destino junto a él la llevara.

Pasaron los años y al cabo de un millón de vueltas, la vida junto a su amado Montand, la había hecho algo holística, tras el larguísimo recorrido por todos los mundos que caben en una vida imaginar y ya con dos tercios de su camino andado, todavía conservaba esa misteriosa fascinación por las voces profundas, que hablan el lenguaje de  la tierra que les vio nacer.

Montand

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