Amigos en la nube

Como cada día, dedico un tiempo a visitar a mis entusiastas amigos inalámbricos, y me basta con saludarles con alguna carita amarilla, sonriente, triste, según se trate.  Me gusta echar un vistazo a ver qué se cuece por ahí, y de paso, no olvidarme de ningún cumpleaños. Con el tiempo se ha convertido ya en una burda rutina que siempre, inexplicablemente, me deja un mal sabor de boca.

Me invade una espantosa nostalgia por las viejas amistades de toda la vida.  Extraño su cálida cercanía, ese intercambio de afecto, en fin, imposible de resumir en pocas líneas, cuánto se ha perdido con nuestros amigos de carne y hueso.

Recuerdo esas largas sobremesas bien regadas, llena de anécdotas y chistes. Hoy por hoy, no quedan más que fotografías de aquellos momentos y hasta eso podríamos llegar a perder, si no son pasados a papel.

Cada vez menos necesitamos del otro para comunicarnos, expresarnos, intercambiar ideas, hoy nos contentamos con muy poquito, con apenas unas caritas amarillas que nos muestren alegría o pesar, y con un simple “me gusta” nos damos por satisfechos.

Sin embargo, a solas en nuestro rincón, con nuestro silencio, el vacío dejado por nuestros amigos de toda la vida, cae violentamente como una loza sobre nosotros.

Todavía me parece escuchar la llamada de una de ellas, pidiéndome: “¿amiga, puedo pasarme hoy por tu casa?  Tengo tanto que contarte …

 

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