Déjame jugar

Acababa de verlo coquetear con tanto descaro que estuvo a punto de ahorcarle allí mismo. La sacaban de quicio sus flirteos de adolescente inmaduro, meciendo pestañas, acariciando con la mirada, tácticas tan archiconocidas por ella.

Ni siquiera comprendía como todavía seguían juntos, sin haberse dicho: vete a hacer puñetas tiempo atrás.  Y cada vez que ella le reprochaba su estúpida actitud, él le respondía con las mismas palabras: “es que tu eres muy seria, tu no me dejas jugar…”  Lo que para él no era más que un juego, para ella era una falta imperdonable de sensibilidad. Pero claro, eran dos formas de ser y de ver la vida diametralmente opuestas, él siempre sería un frívolo sin remedio y ella, la seriedad en estado puro.

A medida que asumió que ni él, ni ella cambiarían su forma de ser, de sentir, de vivir la vida, que él siempre sería un seductor nato y ella la eterna seducida, se dejó de reproches inútiles, disfrutó más de su Casanova, en ese único lugar, en el que se hacen las paces, donde las almas se abrazan, los cuerpos se funden, se guardan las garras, se ama y simplemente se es feliz: la cama.

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