El viajero

Volvía con su cabeza plateada y su risa avejentada. Seguramente perdida por el camino estaba esa risa suya que tantas ganas de imitarla daban. Aunque creo que fue la melancolía de sus ojos la que nos reveló el descontento de su regreso.

A pesar de que se le veía entero por fuera, su sonrisa forzada lo desmentía. Por dentro iba la procesión, como ya se sabe y por dentro también, aparecen las primeras grietas del alma cuando la vida nos supera.

Haciendo memoria, calculábamos que rondaría los sesenta años.  Una edad muy delicada para comenzar a pagar facturas y licencias de felicidad obtenidas durante nuestra juventud.  Y quizás por ello a nadie le extrañó ver en aquel rostro el cansancio infinito a su llegada.

La cosa es que enseguida quienes más le apreciábamos, nos volcamos para arroparle y devolverle ese calor familiar tantos años, tan lejos de su vida.

El amor, el cariño, el afecto, son y siguen siendo, la más mágica de las medicinas cuando nos hayamos en el limbo de nuestra existencia.

2 comentarios sobre “El viajero

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