Manos

manos

Un día cualquiera sentada a la mesa en una comida familiar y en un gesto trivial, cogió los cubiertos para pinchar bocado y llevarlo a la boca, fue entonces que su vista se clavó en sus manos, en las que ahora sostenían tenedor y cuchillo y no daba crédito a lo que estaba descubriendo, eran las manos de una ama de casa y no las de una mujer intelectual. Se las veía tan envejecidas que no las reconoció, parecían las de otra persona y sin embargo, eran las suyas.

Por unos segundos o minutos, permaneció atónita observándolas, se veían estresadas, con la piel manchada y sus dedos arrugados.  Un denso silencio se hizo dentro de ella, luego reaccionó, volvió a la mesa, mientras una vocecita interior le decía:  ya no te engañes más, son tus manos, han envejecido, se han hecho mayor y la vida también ha pasado por ellas.

Lentamente fue recuperándose del mazazo psicológico que acababa de sufrir, aunque volvió a la mesa, su mente no lo hizo y siguió estando lejos, allá donde el estupor la dejó y la sumió.  Cualquiera que en ese momento la viera, diría que había visto un fantasma, y en cierto modo, así había sido, se le había aparecido el fantasma de la vejez que desde hacía algún tiempo la venía acechando.

Y ese mismo día nació su frívola decisión, de ya nunca más volver a pintar sus uñas de colores estridentes, desde entonces, solo un delicado barniz cristalino las disimula.

 

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