Fumando humo

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Ya hacía algún tiempo que había dejado de fumar, pero sin llegar a olvidar su placentera sensación. Seguramente porque una orden médica la había obligado a ello y no porque le apeteciera. Parar de fumar no había conseguido borrar de sus sentidos el placer supremo del humo en su boca, como tampoco podía mirar sin envidia a quienes todavía gozaban de ello.

Muchas veces y en ocasiones nocturnas especialmente mágicas, que ameritarían un buen pitillo, siente unas irrefrenables ganas de echar su bocanada de humo y aspirar hondo esa mezcla de nicotina con aire fresco de la calle, o aquel cigarro disfrutado en buena compañía y un buen café expresso, o del otro, que te llevas a la boca todavía húmeda  después de hacer el amor.

Ahora y tras haberse fumado todos los bosques del mundo, como dijo su querido amigo José Antonio, no hay más que fumarse el smog de las calles, beberse el cafecito a palo seco y de aquel gozado en la cama, bueno de ésos, ya apenas se recuerda a qué sabían, ya que por la gracia divina, todos esos apetitos han ido declinando estrepitosamente con la edad.

Reconoce que aquellos que no han conocido el placer del tabaco, se han perdido una buena parte del placer sensorial de la vida, y esa fuerte sensación de estar tragándose el mundo a bocanadas.

3 respuestas a “Fumando humo

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