Al despertar

despertar

Se sentó al borde de su cama, todavía estaba oscuro, amanecería dentro de poco, descalza sentía el frío del suelo bajo sus pies, unos pies que no delataban lo lejos que por el mundo la habían llevado. Comenzó acariciándolos con ternura, luego deslizó sus manos por sus piernas, sus brazos, su vientre, sus pechos y siguió palpándose con suavidad, sus párpados, sus mejillas, su nariz, se dibujó los labios y de pronto, una profunda tristeza la invadió, sintió que se amaba tanto, tanto a si misma, que lloró su propia muerte.

Comenzaba un nuevo día, uno más, y sin embargo la tristeza no le abandonada, una inquietante angustia pesaba en su alma. Tampoco era algo extraño en ella, solía embargarle ese sentimiento de mortalidad inminente, pero esta mañana era diferente, algo misterioso la había despertado. Solo unos segundos más de quietud y luego, simplemente comenzó su día, su jornada, aunque aún pensativa, se encaminó hacia la puerta, cogió su bata, se envolvió en ella, y salió a preparar el desayuno, con toda normalidad, como en un día cualquiera, como si ella nunca fuese a morir.

 

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