Más sola que la una

Especialmente sola se sentía los días domingo, en esas horas de letargo en que la gran ciudad engulle a los más solitarios.  Como a nadie conocía, ni a nadie a quien visitar tenia, quiso salir a la calle, a tomar el aire. Al cabo de un rato, se acabó subiendo a un autobús circular, que le ofrecía un largo recorrido por unos pocos céntimos. Ya cómodamente sentada y oteando el paisaje urbano a través de la ventanilla, conseguía finalmente olvidarse de su soledad.  Pero eso sí, cada vez que subía alguna pareja con hijos, se le volvía a encoger el pecho, como si ese viejo sueño suyo, la siguiera allá adonde fuera.

A media mañana de un día cualquiera, se disponía acercarse al super más cercano para comprar una humilde baguette, y fue entonces que vio aquellos pollos asados girando en la asadera de un escaparate.  Se quedó mirándolos como embobada, mientras la boca se la hacía agua y una horrible sensación de vacío le ahuecó el estómago.  Fue así como ella, pobre inmigrante, supo lo que era el hambre.

Haciendo memoria y volviendo a esa etapa tan precaria suya, supo exactamente el momento en que comenzó a hablar sola, a conversar con ella misma, a sostener largos monólogos: a veces riéndose, llorando, otras riñéndose o, alabándose, en fin, era cómodo que nadie la contradijese ni la contrariara. 

Lo que había comenzado como un divertido juego, se había convertido en su peculiar manera de ser, con una constante sensación de compañía, y encima, hasta resultaba entretenida y nunca se cansaba de sus propias ocurrencias.

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