Ay esa edad…

Nunca antes quise imaginar como sería el momento en que el paso del tiempo comenzara a desdibujar mi rostro y mis mejores años se fueran quedando atrás.

A medida que me encamino hacia esa edad de transición crucial, me voy salvando de lo irreversible con dignidad, e intentando avanzar a cámara lenta, porque a partir de aquí, ya no tengo prisa.

Reconozco que mis métodos placebo, no son más que meros parches a las huellas que el paso del tiempo va dejando sobre mi piel.

Desde que comenzó mi andadura hacia la vejez, las protestas y el pataleo inútil por lo que día a día voy perdiendo, lejos de ayudarme, ha conseguido teñir de tristeza muchos de los días de sol más radiante.

Cada mañana, he de enfrentarme a mi yo más marchito, el que se niega a renunciar a sus mejores tiempos de glamour y seducción.

¡Qué difícil es renunciar a nuestro yo más joven!  Es casi inevitable dejar de añorar el poderío que da la juventud y de llorar en vano, negándose a seguir envejeciendo.

Quiero creer, que sabiduría y vejez son dos hermanos de una misma madre, la naturaleza.  Además, son hermanos que se llevan muy bien y raramente disienten entre sí.

La sabiduría trae de la mano a la vejez, y esta trae a su vez, la resignación.  Ambas, sabiduría y vejez, esculpirán a la anciana en la que me convertiré.

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