Alea iacta est

Frente al mar y ausente ante los ojos del mundo, observaba su mirada sumergida navegando en mares de recuerdos.

Olvidando su hoy/ olvidando su ahora/ rememorando caminos de gloria/ evocando fuego y pasiones/ cicatrices jamás sanadas/ querencia de tierras lontanas/ duelos languidecidos en el tiempo.  Y a saber, cuánta, cuánta vida más se escondía tras esa mirada.

Se estaría preguntando: ¿qué tan lejos habría ido si tan solo sus sueños se hubiesen cumplido? ¿Qué tan lejos la habrían llevado?  ¿Qué habría sido de su vida si ese gran amor hubiera sido verdad? ¿Dónde estaría ahora, si la mitad de sus deseos se hubiesen realizado?

Sin embargo, su mirada parecía decir que tanto daba aquello que buscáramos por aquí y por allá, si desde el mismo principio, el destino estuviese ya escrito. ¿Acaso se podría escapar de él?

En sus ojos pude ver la respuesta, no es posible torcerle la mano al destino y salir ileso. Ya lo sabían los más sabios, alea iacta est. 

“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla” escribía Gabriel García Marquez.

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