Océanos

Era domingo y como de costumbre Sofía, después de comer, se retiraba a sus aposentos con la abundante prensa semanal. Era todo un placer: pasar las páginas, descubrir titulares y leer a sus más célebres columnistas. Para ella esto se había convertido en un ritual.

Aquella tarde fue su marido quien irrumpió de pronto en la habitación, rompiendo así con el clima de pensamiento sosegado.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella.

—Nada, solo quería preguntarte cómo se llamaba tu barco griego —aclaró su marido.

—El Océanos —dijo ella—. ¿Por qué lo preguntas?

—Mira esta noticia, dice que anoche el barco se hundió en las costas de Sudáfrica…

Fue casi inmediato el efecto que la noticia tuvo en Sofía —aquella había sido una época muy intensa—. No pudo evitar la avalancha de recuerdos y vivencias. Recordaba, claramente, como había empezado su pequeña gran batalla de superación.

—Que increíble, no lo puedo creer —dijo emocionada.

Sacó cuentas y habían pasado seis años desde que había abordado el Océanos —un barco-crucero que recalaba en cada una de las islas griegas, arribando finalmente a puerto en Kusadasi, Turquía—.

Entonces, su historia personal era todo un desastre —sus sueños más largamente acariciados se habían derrumbado estrepitosamente—.pasaje de su vida, especialmente, uno de los más difíciles de superar.

Había aterrizado en Atenas, llena de ilusión por su próxima boda y el principio de una nueva vida, pero su ilusión duró poco. A las horas de aterrizar, su novio suizo, muy compungido, le confesaba que todos sus planes de boda y demás deberían postergarse: «Lo siento tanto, no sé qué decirte, pero es que ahora ella se niega a darme el divorcio —dijo en voz muy baja—, no quiere ni oír hablar del tema».

Entonces, Sofía no tuvo tiempo ni para llorar su pena ni para lamentar su profunda decepción. Además de ser una novia abandonada en tierra de nadie, se encontraba en una difícil situación: tendría que buscar otro trabajo, no tenía adónde ir y no conocía a nadie. Si no conseguía que Grecia le hiciera un guiño de buena suerte pronto estaría perdida…

Fue en su séptimo día en Grecia que la agencia de empleos la contactó para una entrevista de trabajo para el crucero Océanos, junto a otras tres chicas —que al igual que ella se presentaban para dos puestos distintos—. Y como si de las tres gracias se tratara, las tres fueron felizmente contratadas. Sofía consiguió el puesto de mánager de la boutique del barco. En cuanto a las otras dos chicas: una haría de jefa y la otra de guía de excursiones.

Recuerda que una de las cosas que más llamaron su atención apenas abordó el barco fue su amplitud y su lujoso mobiliario, de un gusto exquisito. Los salones con mullidos sofás invitaban a la tertulia y las regias tumbonas de la cubierta principal eran una tentación para echarse a contemplar el amplio océano; las comidas eran servidas cual banquetes —tenían una variedad de platos impresionante—.

Sofía se quedó algo preocupada por todas esas tentaciones: «debería controlarme —pensó— si no saldré de aquí rodando». Estaba boquiabierta ante tantos manjares —cualquiera que la hubiese visto en ese instante habría pensado que era una pobre chica que no había comido en años—.

Sin todavía salir de su asombro, la vino a buscar personalmente el que sería su jefe: Yanis Avranias —un oficial de abordo—, quien más tarde resultaría ser un excelente padrino y compañero de trabajo —un chipriota noble donde los haya—. Al mismo tiempo que Yanis le enseñaba los distintos compartimientos, le iba dando sabios consejos sobre cómo debía tratar a los pasajeros: «Tienes que prestar especial atención a los pasajeros más mayores— dijo —algunos son muy quisquillosos y pueden ser muy exigentes. Solo te pido que no pierdas la paciencia».

Finalmente, llegaron al que sería su nuevo lugar de trabajo: la boutique.  Era toda una monada. Su trabajo consistía en montar y desmontar escaparates a su antojo. Se tiraba horas cambiando de sitio las cosas: los perfumes, los pendientes, las sortijas.  Era para Sofía —como buena aficionada a la moda y al diseño— como estar en el mismo paraíso. De tan excitada y feliz que estaba entre cinturones, collares, bolsos y pareos de seda, había olvidado preguntar a Yanis sobre su salario.

Más tarde, esa noche tuvo oportunidad de cenar con los que serían sus compañeros de tripulación.  Un ambiente multinacional como nunca había visto. Casi enseguida tuvo química con Andy —el guitarrista británico de la banda del barco—, Pasquale —la francesa, guía de excursiones—, Minoush —la belga a cargo del spa—, Sven —el alemán, D.J. de la disco— y la adorable pareja de canadienses —ambos crupieres del casino—.

Enseguida se creó un ambiente de camaradería realmente agradable y, así, sin darse ni cuenta, se había olvidado de su drama personal de novia abandonada en la ciudad de los dioses.

Ahora que lo piensa, tras seis años, el Océanos le devolvió la vida y la alegría de vivir. Cuando zarpó era apenas una sonámbula y dos años más tarde, cuando desembarcó, era otra mujer, otra Sofía.

Precisamente ahora y a propósito del hundimiento del barco, comenzó a recordar la de veces que durante las comidas se hablaba sobre los estragos y momentos de angustia típicos después de una tormenta tropical. Se estaban refiriendo al «mal de mer» y muchos de ellos no sabían que les afectaba hasta que vivían su primera tormenta.

Entre anécdotas y chistes se especulaba que seguramente alguno de nosotros caería como mosca —si una fuerte tormenta nos azotaba en alta mar—, víctima de horribles mareos y vómitos —literalmente acabaríamos tirados por el suelo—.

—¿Tú sabes lo que se siente? —Andy le preguntó.

—No, no he tenido la ocasión —dijo Sofía.

Como si fuera ayer, Sofía recordó aquella noche cuando nada hacía presagiar mal tiempo con fuertes marejadas. Se encontraban navegando entre las islas de Rodas y Patmos cuando el barco comenzó a escorarse ligeramente hacía la izquierda y —sin darle tiempo a recuperar su posición—, volvía a escorarse una y otra vez.  Como al quinto balanceo, Sofía empezó a dar bandazos yendo en busca de su camarote, parecía estar borracha, apoyándose en las paredes para no caerse. Prácticamente no podía sostenerse en pie y tenía la horrible sensación de que su cabeza giraba en una centrifugadora. Por momentos sintió que no sobreviviría a aquella noche —entre vómitos y mareos espantosos—, pero en algún momento el agotamiento físico la venció y se durmió hasta tarde por la mañana.

—¿Alguien ha preguntado por mí? —preguntó Sofía.

—No, apenas hay nadie —dijo Alex (el crupier)— es como si todo el mundo hubiese desembarcado—.

—¿Y dónde está tu chica? —dijo Sofía extrañada de no verla junto a Alex. Siempre iban juntos a todos lados.

—Nada, la he dejado en la cama. Todavía no se recupera de lo de anoche.

—¡Qué horror! —dijo Sofía— Ha sido horrible.

Era todo un espectáculo ver las caras de los demás: largas y pálidas, con grandes ojeras. Desde luego, todas las historias que se contaron sobre las tormentas no se habían exagerado ni un ápice.

***

Sofía cree recordar que fue más o menos por esas fechas cuando comenzó a desembarcar con Pasquale a las excursiones, aprovechando sus tardes libres para comprar pequeños souvenirs para cuando volviera a casa —allá donde el mundo se acaba, en el extremo más austral de la tierra, donde con tanta ilusión su gente la esperaba—.

Desde el primer momento de su desembarco en Santorini, Sofía tuvo, más que la impresión, la certeza de que ese extraordinario oasis llegaría algún día a formar parte de su vida —aunque en ese momento estaba lejos de llegar a imaginarlo—.

Todas aquellas casitas blancas e impolutas —como montadas en una tarta de crema—, erigidas sobre ese mar verde esmeralda. Desde abajo, se podían adivinar todos esos recovecos de empedrados caminitos —que solo era posible recorrer a lomo de mula—. Sofía acababa de descubrir el lugar más mágico en medio del Egeo.

Al llegar la noche, su belleza no hacía más que encantar y hechizar a sus visitantes —que sentados a una mesa con velas, a la luz de la luna, resultaba embriagador—.

Fue aquella tarde que Sofía se dedicó a mirar escaparates y hacer algunas compras en las boutiques, buscando ropa y accesorios para lucir bonita, cuando Ángelo se le acercó. Se saludaron muy sorprendidos el uno del otro, por encontrarse en ese lugar. Ángelo era la persona que la abastecía para la boutique del barco —con maravillosas cazadoras y pantalones de cuero—.

Sofía estaba sorprendida de que Ángelo tuviese su propia tienda en Epilekton —el centro de boutiques más exclusivo de toda la isla—.

—¿Qué te parece mi tienda? —le preguntó Ángelo.

—Estoy sorprendida —le contesto Sofía —No te creía de gustos tan juveniles— ella río.

—¿¡Qué!? ¿Acaso te parezco viejo?

—No —dijo Sofía riendo. —Pero me parecías más clásico—.

—Pues ya ves, soy más bien modernista.

—Creo que podrías darme tu opinión sobre mi última puesta en escaparate — pregunto Sofía. —A ver si ahora soy yo la clásica—.

—Con mucho gusto, pero ¿qué te parece si esta noche te invito a cenar aquí en la isla? Conozco un sitio que estoy seguro te gustará—.

—Yo, encantada. No quisiera irme de este lugar—.

Difícilmente ella olvidaría esa noche —aquella cena a la luz de la luna y de las velas, luchando para que la mirada de Ángelo no descubriera lo turbada que estaba—. Durante la cena, Sofía le miraba y escuchaba embobada —la hacía sentir como la mujer más hermosa y especial de todo el Olimpo—.

A partir de ese primer encuentro, Ángelo y Sofía se hicieron inseparables —ya no había días libres en los que ella no se escapara con él—. De manera tan inesperada, por fin Sofía estaba viviendo su sueño de amor y de la mano del mejor guía posible —el más guapo, el más inteligente y el más culto de toda la Grecia moderna—.

***

Fue justo un año después de este feliz momento que Sofía fue notificada de la suspensión de los cruceros —La empresa había transferido a una naviera sudafricana el Océanos para hacer cruceros por sus costas—.  Así fue como Sofía se vio forzada a tomar una decisión sobre qué camino tomar.

Se tomó su tiempo y dedicó varias horas a sopesar los pros y los contra de su delicada situación antes de hablar con Ángelo. Por una parte, ella estaba deseando que él le hiciera una proposición más formal, pero sabía por experiencia que las cosas nunca resultaban tal y como uno las imagina.

En principio, su plan B, era volver a España, aunque fuera con la cola entre las piernas, ya que cuando dejó Barcelona cerró puertas y ventanas convencida de que solo volvería entrando por la puerta grande. Y el plan C —todavía peor—significaría volver a casa, compuesta y sin novio.

El escenario elegido por Sofía esa noche fue aquel restaurante mágico que les acogió la primera vez. Confiaba en que sus profundos sentimientos hacia él hicieran el resto.

Como siempre su encuentro con Ángelo fue cálido y amoroso. Tampoco fue tan difícil como ella imaginó empezar a desenredar la madeja que la suspensión de los cruceros le había creado.

—¡Bueno, ya está!, ya lo he dicho — dijo Sofía —La cosa es que ahora no sé lo que voy a hacer—.

—En ese momento, Ángelo en un gesto protector, le tomó las manos, la miró a los ojos y le dijo: «No sabes cuánto me alegra oír esto que me estas contando. Llevo días sin saber cómo hacerlo, cómo decirlo, cómo preguntártelo». Y de pronto, lo dijo: «¿Quieres casarte conmigo?».

—Sofía no creía a sus oídos, por un momento pensó que se lo estaba imaginando, pero no, él lo repitió, siempre sosteniéndole las manos entre las suyas.

—Sofía—, dijo él. —quizás te parecerá algo precipitado, pero no es así.  Hace semanas que quería pedírtelo, pero no sabía cómo. No encontraba el momento adecuado, ¿pero acaso no es ahora el instante perfecto?

Sofía no contestó, simplemente se le acercó y le besó suave y largamente. Lo hizo con todo el amor que llevaba dentro para él y así su respuesta no necesitó palabras.

Habían transcurrido seis años desde aquel mágico momento y ahora la noticia del hundimiento del Océanos había venido a empañar su plácido domingo de lecturas. Quiso saber algo más de su barco —que ahora yacía en el fondo del mar—. Según narraban las noticias había tenido un dramático hundimiento —Tardó noventa minutos en hundirse, dando tiempo a helicópteros y medios de rescate para salvar a todas las vidas de abordo, entre pasajeros y tripulación—.

Iba leyendo la historia del Océanos —de sus astilleros, de sus metros de eslora, de su capacidad de pasajeros—, cuando se encontró con lo que le pareció más extraño y misterioso: la fecha de su botadura —en el puerto de Pireos, en el año 1952—, era la misma fecha de su nacimiento. Tal vez por ello no pudo evitar asociar, aquel primer episodio de tormenta a bordo —del que ella todavía se recuerda— y de su dramático hundimiento de anoche —tras esa tormenta de proporciones bíblicas que le asestó su último golpe, lo que hacía parecer que estaba sellado su destino final en aquellas lejanas costas.

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