Siempre ahora

Se precipitaba al borde de sus mejores años, lo presentía, lo veía venir.  También podría tratarse de un repentino ataque de desmoralización, pero no, esta vez no, era diferente.  Algunos recientes reveses la habían hecho caer.

Aunque no creía que se tratara de una depresión, lo cierto era que los grises se habían apoderado de casi todas las horas del día.  Era un sinvivir, un continuo clamor por la intensidad  de su vida de ayer.

Acostumbrarse a lo bueno es tan fácil, se decía, que ni siquiera hace falta prepararse. En cambio para encajar lo malo y asumir el dolor, eso ya es otro cantar.  Y ni que decir, si los males nos pillasen mal parados, pues entonces, es hora de echarse a temblar.

Con el brillo de los nuevos soles que vinieron, fue  recuperando la ilusión por el día a día. Y volviendo a plasmar esos garabatos que por su cabeza revoloteaban.  Otra vez sus dedos bailaban sobre el mágico teclado.  Al tiempo, que su mente iba recabando en su  memoria tontas y ñoñas historias.    

Así fue como dejó de lamentarse por todo lo que no tenía y aprendió a regocijarse, por todo lo que si tenía. 

Resucitaba más viva que nunca.  Sin ayer, sin mañana, hoy y ahora, siempre ahora.

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