Allí donde te has ido

mas alla

Querida hermana, no me hables de desamparo cuando tu mejor que nadie sabes que sin fe, ya habríamos sucumbido mil veces a la amargura y al desconsuelo y tanto tu como yo presientes, la presencia de nuestros ángeles que van por delante nuestro, quitándonos las espinas del camino y sembrando de luces nuestro rumbo para que no nos perdamos.

Realista soy con los misterios inescrutables que esconde ese lugar para el descanso eterno, allí donde moran nuestros padres, abuelos y bisabuelos, pero al mismo tiempo,  consciente soy de que esta es una cuestión de fe y algo en el cielo me dice que nuestros seres amados estarán esperándonos al otro lado, cuando nuestra hora final llegue y volvamos a verles.

Imposible dejar de creer en sus últimas palabras antes de partir?, “allí adonde voy, te estaré esperando“.

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Entre escaparates

Me hallaba en un centro comercial, de lo más de lo más, ahíta de hamburguesa, patatas fritas y medio litro de coca cola, pretendiendo hacer hora antes de entrar al cine, mirando escaparates, atraída por los colores, entrando en las tiendas mas tentadoras, palpando suaves telas y texturas, echando un ojo a las nuevas tendencias y estaba en ello cuando, de pronto reparé en una mujer grande, bastante redonda, enfundada en un vestido amarillo furioso sin mangas, que incómodamente se le apegaba a las piernas, por culpa de aquella tela imán para medias de nylon. Le presté más atención a la segunda o tercera vez que me la topé cerca de los probadores, que como yo, buscaba algo sin saber qué, aunque seguramente ella mejor equipada que yo en cuestión de tarjetas.  La imaginé extranjera, podría venir de Panamá, pues no me pareció argentina, por su estilo provinciano de nueva rica, repeinada y bien enlacada de peluquería, de pelo corto, en forma de casco y de un discreto rubio teñido. Llevaba unas sandalias negras de tacón aguja, tirando a sexies y un bolsito con pinta de buena marca, pero que en ella lucía algo ridículo, en proporción a su tamaña figura.

Perdí la cuenta la de veces que me la topé durante mi periplo y hasta me pareció que ya nos conocíamos, en algún momento tuvimos tiempo de cruzar nuestras miradas y hasta creo que le esbocé una sonrisa, tal vez buscando en sus ojos alguna complicidad, cosa que no sucedió, ella siguió su camino y a la salida de la tienda, la vi preguntando algo al guardia, lo cual probaría mi teoría sobre una turista, casada, con marido bien aposentado, muy ocupado para acompañarla y seguramente con hijos desperdigados por el mundo desde hace ya tiempo.

Era una tarde cualquiera donde dos mujeres maduras y solas, coincidieron entre escaparates, sin más en común que una distraída manera de matar el tiempo… Y ahora yo me pregunto, ¿será que también los demás me ven a mi, con la misma tristeza que me inspiró la mujer de amarillo?

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Amiga del alma

Ayer en el cine, mientras tumbada en una butaca “premiun” temblaba como una hoja en casi toda la película Un lugar en silencio, a mi lado eché tanto de menos a esa amiga del alma, que compartiera conmigo estos instantes de adrenalina desbordada y de enervante  emoción de suspenso. Echaba de menos sobre todo, a esa agradable comunión entre socias que lo comparten todo, absolutamente todo. Con la que puedes abrirte y hablar sin tapujos, ni prejuicios, sin temor a ser juzgada y sobre todo, esa amiga cómplice hasta las últimas consecuencias. Aunque pueda parecer algo infantil, por Dios que bonita era esa amistad juvenil, ese crecer a dos, soñar a dos, viajar a dos, vivir a dos.

Es evidente que a medida que perdemos juventud y ganamos madurez y el sentido común va tomando el control de nuestra persona, ya nada parecido a esa unión de almas amigas puede volver a darse. Con los años, harás más y buenas amigas por el camino, seguramente que si, pero nunca se igualarán a esas primeras entrañables y locas de adolescente. La misma intensidad con la que vivimos todo, cuando nuestra vida apenas empieza, no tiene ningún punto de comparación con cualquier otra cosa que vivamos más tarde.  Esa euforia juvenil, solo se vive una vez.

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Seguridad en quilates

Que absurdo me parece hoy, tomando distancia, todos esos tontos complejos que de joven me atormentaron. Malgasté gran parte de mi juventud, queriendo ser lo que no era, deseando ser otra, que finalmente, no llegó a ser.

Todavía recuerdo que no me gustaba mi risa y reprimía la carcajada, que me sonaba escandalosa. Otra gran inseguridad que tenía: era al hablar, no sabía qué decir, sobre qué conversar, si dar o no mi opinión, en fin, lagunas propias de una pobre formación.  En el fondo, fue mi gran timidez magnificada por esa fisonomia de mujer fatal que me envolvía y que nunca convenció como modosita.

Ahora bien, que duda cabe que las tablas se ganan con los años y todo ese manojo de inseguridades se supera, lo curioso es que ni siquiera recuerdo las peripecias que tuve que pasar, para superarlas. Seguramente, otro bien distinto habría sido mi destino de haber tenido una pizca de desparpajo y unos cuantos quilates de seguridad en mi misma.

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¿Listos o Ilusos?

Nuestros jóvenes apetitos de éxito ya convertidos en hambruna tras años vanos, yacen ahora cual amasijo de sueños no cumplidos, encapsulados en algún rincón del alma, donde rezagados quedan hasta nuestro final.

La vida es sueño y los sueños, sueños son y su innegable fuerza para tirar de nosotros hacia adelante, en momentos que solo ellos pueden hacernos creer, que somos la hostia de buenos en algo, desdeñable no ha de ser.  Y más bien, compadezco a aquellos listos y pragmáticos que se burlan de nosotros, ilusos soñadores.

Sin embargo, aquellos que van de listos por la vida, también se la pegan y cuando así lo hacen, les duele más que al resto, precisamente porque la bofetada no se la esperaban.  No es que a nosotros los ilusos nos duela menos, lo que ocurre es que estamos de alguna manera, mejor preparados para ver nuestros castillos derrumbarse.

Como sea, listos o ilusos, creo que ninguno de nosotros dejaría pasar la más mínima oportunidad de arañar una pizca de éxito a esta vida, .

sueños

 

Psiquis

cabecita
Así como la mente tiene sus momentos malévolos cuando nos extorsiona con negros pensamientos, ella también nos brinda momentos brillantes de inspiración que nos conducen a emprender grandes desafíos, haciéndonos saber que estamos aquí de paso, para sembrar nuestra impronta en este universo maravilloso.

Estos instantes luminosos son los empujoncitos de los que están llenas nuestras vidas y gracias a ellos, algunos llegamos más lejos de lo que jamás imaginamos. No vamos a tener en cuenta esos momentos malévolos, ni de cuantos pasos atrás damos cada vez que éstos nos embargan y nos hunden en la miseria.

Al menos no por hoy, pues ahora mismo escribo para enaltecer a mi mente, memoria y alma, que unidas conciben todo lo que soy, y por ello, a Dios ruego poder espantar al olvido y desmemoria que con la vejez, me acabará llegando.

 

Amor tardío

eterna

Amor tardío
esperándote ya no estaba.
Se que me buscabas
pero te esquivaba.
Porque sufrir nunca quise
hacia otro lado miraba.
Temía encontrarte
pero me hallazte. 
Escondida he vivido
escapando a la verdad,
ya no mas huidas
a mi noble suerte,
de amar hasta la muerte
al que mi destino
me dio por compañero.

 

Hasta siempre

Fue cumplir los 60 y empezar a perder amigos, uno tras otro se fueron alejando, se fueron apartando. Como yo misma, que busqué refugio en mi hogar con los pocos míos que me quedan, pasé a cuidar de mis mayores, a entretenerme con mis cosas, aquellas que todavía me gustan. Y a medida que vamos dejando atrás esta edad fronteriza, todo se va reduciendo a menos: las escapadas, los viajes, las historias de amor, las noches de bohemia, los exóticos restaurantes, las copiosas cenas con amigos, ya nos más velas en las tartas y cada vez menos entusiasmo por el happy birthday, es así, como las luces de la fiesta se empiezan a apagar.

Aquellos que no somos personajes públicos, todavía lo tenemos un poco más fácil,  pero pobre de esos famosos que se ven pillados y sorprendidos por cámaras indiscretas en plena transición, cuando se está dejando de ser, lo que hasta ese momento se era.

Da pena admitirlo, pero ya no es un buen plan salir con los amigos: a contar penurias, achaques, enfermedades, duelos insoportables, triste travesía hacia la jubilación, falta de dinero, en fin, ha llegado la hora de ser serios, ya no más frivolidades.

Y como anécdota os contaré, que siendo todavía joven, escuché decir en una ocasión a Pedro Almodovar en una entrevista, que: “a él no le gustaría que España le viera envejecer” y me pareció tan tierno, tan humano, que enseguida pensé lo mismo para mi.

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La vieja del espejo

Una mañana cualquiera vas y te acercas distraída a mirarte al espejo, una simple rutina antes de salir, una manera de confirmar que todo esta bien: maquillaje, pelo, ropas, en fin, que nada desentona y de repente, sin venir a cuento, tus ojos se quedan clavados en esa vieja del espejo, a la que no reconoces, pero sin embargo, eres tu.

Es así como el paso del tiempo me estremeció, a traición, sin apenas una tregua para prepararme ante la evidencia, de cómo se me ha pasado la vida. Pues ese día, las horas fueron lentas y pesadas y encerrada en mi misma me quedé, ya no quise salir, ni ver a nadie por el resto del día. Quería evitar que me preguntaran: ¿qué me pasaba? No habría sabido que decir, tampoco que contestar, no me pasa nada, es solo que estoy  envejeciendo.

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