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De luto

Apenas sus ojos se cerraron le golpeó la pena como un azote, cerrando su garganta y ahogando palabras que no pudo decir.  También su pecho se sacudía con cada sollozo que desde dentro le oprimía más y más.

Ante tanto dolor, nada que hacer, solo queda  llorar.  El resto de los deudos estaban más o menos como ella, intentando sobreponerse al mazazo recién recibido.   No habían pasado ni dos horas desde que esa vida tan querida se había apagado y ya todas las almas que lo velaban, se habían derrumbado por ahí.  Otros, habían salido fuera a fumar y a darle vueltas a lo que acababa de suceder.  Encima siempre en estas circunstancias nos asalta la inevitable reflexión sobre nuestra propia muerte.

Bienaventurados sean aquellos que creen que hay vida después de la muerte.  Que sublime consuelo.

duelo

 

 

 

 

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Tacaña

Me costó lo mío reconocer el defecto que muchos me achacaban y fue difícil admitir ante todos los que conmigo conviven, que sin saberlo me había convertido en una avara.

Todo debió empezar hace unos años, cuando vino la crisis y el dinero se convirtió en mi  mejor seguro de vida.  Seguramente así comenzó mi gran apego a él,

Una vez recibido el aviso de mis más cercanos, me propuse superar esta parte que afeaba mi persona.  Aunque lo que realmente me asustó y me indujo a cambiar, fue el comentario que alguien me hizo sobre la gente avara: dijo que éstas suelen mostrar protuberantes doble papadas y muy probablemente, de tanto mirar hacia abajo, sin levantar la mirada, ni hacia el cielo, ni hacia los demás.  Esto último fue decisivo para mi,  definitivamente tocó mi fibra más sensible.

papada

 

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Ser adentro

Y viajó hacia dentro de sí misma,  se sumergió en lo más profundo de su ser y ya no volvió a salir.  Tan profundamente a gusto dentro de ella misma se encontraba, que asomarse fuera de su universo, carecía de sentido.

Hacía ya tiempo que se había ido alejando de lo mundano y mostraba escaso interés por cuanto le rodeaba.  El entorno desangelado a su alrededor debió llevarla poco a poco a este estado de hibernación, replegándose más y más hacia adentro, hasta convertirse en la persona ausente y taciturna que conocemos hoy.

Después de todo, esta situación tiene una gran semejanza con la condición humana antes de venir al mundo, al fin de cuentas, esto no sería más que volver a nuestro estado de recogimiento natural.

fetal

 

 

 

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Amigos en la nube

Como cada día, es hora de compartir las entusiastas publicaciones de mis amigos inalámbricos, me basta con hacer un simple clic a: “me encanta”, “me divierte” y rara vez, un “me asombra” o “me entristece”.  A diario ingreso en mis páginas para comprobar que todos están bien, que no olvidé ningún cumpleaños, que no se ha producido ninguna baja, que los viajeros siguen pasándoselo bomba, que mis amigos más creativos siguen rompiendo moldes,  y de poco más me entero, de sus vidas on line.

Llegados a este punto, desearía espantar a la nostalgia que siento por mis viejas amistades, volver a esa presencia cercana, a la palabra cálida, a la mano tendida con cariño, en fin, imposible de resumir en pocas líneas cuanto se ha perdido con nuestros amigos de carne y hueso.  Recuerdo esas largas sobremesas bien regadas, de anécdotas y chistes.  Hoy no quedan más que fotografías de esos tiempos y hasta eso podríamos llegar a perder, si no las pasamos al papel.  Hemos cogido el mal hábito de guardar y conservar, todas nuestras vivencias en algún lugar invisible e impalpable del ciberespacio.

Cada vez menos necesitamos del otro para comunicarnos, expresarnos, intercambiar ideas, hoy nos contentamos con muy poquito, con apenas unas caritas amarillas que nos muestren alegría o pesar, y ya nos damos por satisfechos.  Sin embargo, en nuestro hogar, en nuestro rincón, el silencioso vacío dejado por nuestros amigos, cae como una loza fría sobre nosotros.  Me parece todavía oír la llamada de una de ellas:  “¿amiga, puedo pasarme hoy por tu casa?  Tengo muchas copuchas que contarte” .

amigas

 

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El espejo traidor

Iba yo esa mañana tan campante caminando por la avenida más boutiquera de mi ciudad, luciendo feliz mi nuevo atuendo y presumiendo de new look.

Andaba  muy ensimismada en mis quehaceres burocráticos, gestionando personalmente, lo ingestionable por internet y aprovechando mi desplazamiento, iba mirando los distintos escaparates, los nuevos comercios, algunas terrazas de café, apetitosos bocadillos anunciados con alharaca, otros rinconcitos cibercafé, kioskos pequeñajos de chuches y todo esto, en medio de la vorágine de gente traqueteando de aquí para allá.

Una vez hechos mis deberes, me tomé tiempo libre para vagar y seguí calle abajo, mirando escaparates, descubriendo la nueva temporada en las maniquíes y en esas estaba yo tan feliz y despreocupada cuando divisé a una mujer en el fondo de aquel espejo  oculto tras las vitrinas y aunque se me parecía mucho, no era yo, era otra, algo más mayor que yo.  Al cabo de un rato reaccioné, me recompuse y volví en mi;  salí cabizbaja y algo aturdida de la tienda, tras la bofetada de realidad que acababa de recibir.  Y todo este shock emocional a causa de un espejo traicionero que surgió de la nada, para sacudirme a la cara, mi nuevo yo.

traidor

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Supongamos que…

Supongamos que se nos agosta el camino a partir de aquí.  Supongamos que es escaso el trecho que nos queda por recorrer, y supongamos que en esta vida ya hemos cumplido con nuestra parte.  Y entonces lo siguiente sería preguntarnos, y ahora qué?

La sola idea de que todo ha llegado a su fin, es insoportable. Toda una conmoción. Viene a ser casi lo mismo que una sentencia de muerte.  Que por cierto, acaso puede haber algo más cruel, que saber cuándo vamos a morir?  No, ciertamente no.   Lo que si sabemos, es que nadie puede predecir nuestro mañana.  Ni siquiera una eminencia medica ante una enfermedad terminal, puede asegurarlo.

Toda existencia tiene un sentido de ser en este mundo loco y absurdo, hasta la criatura más diminuta vive para algo, como le ocurre a la efímera bella flor de un día, que nace y muere en un horrible vertedero o entre chatarra abandonada en el campo; efímera existencia solo comparable a la de una estrella fugaz.   Voy a creer que su pequeñez formó parte de algo grandioso, aunque jamás sea reconocido su sacrificio, al menos no en esta vida que le tocó vivir.

flor

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Dolce far niente…

Se precipitaba al borde de sus mejores años, lo presentía, lo veía venir.  También podía tratarse de un repentino ataque de desmoralización, pero no, esta vez no,  era diferente, algunos pequeños reveses la hicieron recapacitar. Aunque se negaba a entrar en el club de los pesimistas, lo  cierto es que estaba echando de menos la fluidez y los aciertos de los últimos tiempos.

Acostumbrarse a lo bueno es tan fácil, se decía, que ni siquiera se precisa entrenamiento.  En cambio para encajar lo malo y asumir el dolor, eso ya es otra historia.  Ni que decir, si la mala racha nos pilla con el paso cambiado, entonces pasaríamos del blanco impoluto, al poluto más negro.

Con el paso de los días y las semanas por fortuna, volvió la luz a su vida,  retomó su rutina ni fu, ni fa:  ya podía trabajar cuando le apeteciera, escribir sobre sus locuras, regalarse horas de lectura, contemplar el techo sin mala conciencia, coger el coche hasta llegar al mar, engolosinarse de buenas películas, engancharse con sus series favoritas, de lo que pasa en el mundo ir más o menos enterada y siempre que pudiera, tomando bocanadas de aire fresco con cada viaje…   En fin, vivir la vida con libertad, dolce far niente, che non da piacere.    ¿Y el dinero?, ahhhh, en él, ni pensar, al final siempre llega.

pereza

 

 

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