Ese hombre

hombre

Hace unos días me he puesto a jugar con la idea de crear un modelo de mi hombre perfecto, haciendo una selección de entre todos los actores que más admiro de la gran pantalla. Inicialmente, no fue tan fácil como pensé, alguno de ellos ya están algo mayorcitos y de entre los jóvenes, no me sentí especialmente loca por ninguno. Probablemente, sea mi sabio instinto de mujer madura, que me aleja de esas tentaciones.

Mis ojos serían los primeros en apuntar hacia el hombre más alto, elegante y entrado en canas, como Jeremy Irons, mis oídos no resistirían el hechizo de la voz de Sean Connery, me fascinaría compartir conversación y copas con Ricardo Darín, elegiría para una noche loca de pasión a Jon Hann de Mad Men y, para una romántica declaración de amor, sin dudarlo, me quedaría con Viggo Mortensen.

Debo reconocer que si todas estas cualidades se dieran en un solo hombre y me encontrara junto a él, aunque fuera solo por unos instantes, haría el más soberano ridículo de mi misma.  Seguramente, me quedaría en blanco, no me saldría palabra, mis mejillas estarían rojas como semáforos, y resumiendo, quedaría como la mujer más tonta de todo el planeta.

En cualquier caso y sin complejos, tiendo a creer que ésta es la reacción más común ante la presencia de un ídolo o algo sobrenatural que nos turbe, confunda y aturda nuestros sentidos. No estamos preparados para encuentros en tercera dimensión, solo para aquellos  más normalitos y  de andar por casa.

Hace unos años decía en una entrevista Carmen Maura, estando en su época más esplendorosa, que cada vez que asistía a una pomposa entrega de premios de cine, debía pasar dos o tres veces por delante de los fotógrafos para que se percataran de su presencia.  ¿Entendéis ahora a qué me refiero con lo de normalito?

 

 

 

 

 

 

El desembarco

barco

¿Cómo se puede llevar una vida normal de pareja, de familia, de trabajo, si eres empleado de una empresa de cruceros de lujo y formas parte de su tripulación cosmopolita?

En realidad, no se puede. Por más que se intente, no se logra. Desde el primer momento que eres reclutado como miembro del staff de cruceros internacionales, comienzas a vivir en un sueño del que no quieres despertar. Trabajas en una ciudad flotante, rodeada  de fantasía y de lujos, en un mundo irreal y literalmente tienes la sensación de haberte ganado la lotería.

Durante las primeras temporadas, los primeros años, el tiempo no pasa, simplemente se distiende. Te encuentras inmerso en ese festival de buena vida y alegría, en ese ambiente de luna de miel continua y no hay momentos para malos rollos, ni mucho menos, para preocupaciones mundanas que sobre las olas pierden todo el sentido de premura.

Así pues, te puedes tirar años haciendo temporada tras temporada, hasta que un buen día, te descubres cumpliendo 40 tacos y no tienes ni donde caerte muerto.

Cuando la idea de desembarcar empieza a roerte por las noches, es cuando la hora de ser serios, ha llegado. Toca a su fin la vida despreocupada del hedonista y viene lo más difícil, desembarcar y buscarte un sustento en tierra firme, allí, donde todos los que con envidia te vieron zarpar, están más que cómodamente apoltronados. Mientras que tu, recién comienzas cual funámbulista, a caminar sobre la cuerda e intentar no caerte y romperte la crisma.

He de decir, que personalmente dejé de navegar cuando las prisas por ser madre me obsesionaron. De todos mis amigos y compañeros de trabajo, cada cual con más historias que d’artagnan, algunas tristes, otras amargas, afortunadas, o menos afortunadas, pero al final, lo que verdaderamente importa, es que todos ellos  sobrevivieron.

Milagros

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Acabo de descubrir entre el follaje de mi viejo árbol albaricoquero, una rama toda florecida de una extraña flor de color naranja, en forma de pequeños plumeritos, de un brote totalmente distinto al propio del Albaricoque, y lo he querido interpretar, como un arrebato milagroso de la naturaleza.  Como si por arte de magia, la minúscula semilla de una especie japonesa, hubiese venido a germinar en sus añosas raíces.

Curiosamente, esto me ha traído a la mente la idea del milagro, que mientras éste no es reconocido como tal, es como si jamás hubiese existido. Por ello, y tal vez, en nuestras vidas cotidianas somos tan poco dados a creer en milagros, no porque éstos no existan, sino porque no somos capaces de distinguirlos entre: lo que es una mera coincidencia y  un verdadero milagro.

Quizás sea verdad aquello que detrás de un milagro se esconde nuestro ángel de la guarda.

Ley de vida

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Tu caminar es lento, vacilante, resignado, como queriendo parar el tiempo. Ahora entiendo ese desganado pisar tuyo, es el triste paso de quien no quiere marchar.  Inevitablemente, el tiempo se agosta, hace ya un rato que la idea te ronda, se acerca la hora, la hora de irse,  pero hacia dónde?  ¿Y qué prisa hay?

Cada día tu andar se hace más lento, trémulo, te rodeo con mis brazos, queriendo infundirte calor, y tú me respondes: “me abrazas como si yo fuera un roble fuerte y ya no soy mas que una liana“.

Ahora  lo sé, ahora lo entiendo, qué se siente cuando se llega adonde tu te encuentras ahora.  La soledad, el miedo a partir, a dejar de ser, a emprender el último viaje, y hacia dónde? ¿Qué hay al otro lado? Nadie lo sabe, son solo suposiciones, historias que se cuentan, bonitas ilusiones que consuelan.

Es una ley de vida, solías decirme veinte años atrás, pero ahora ese adiós se acerca, no puedes evitarlo, sabes que finalmente ocurrirá, pero quisiera que creyeras, desde lo más hondo de tu ser, que el amor y la belleza partirán contigo también al otro lado. 

Hay solo una cosa capaz de conformar el alma cuando nuestro final se acerca, la fe, creer que nos volveremos a encontrar con nuestros amados antepasados en la otra orilla.

Mi vida sin ti

cruasan

Algo imposible de imaginar me parecía entonces la vida sin ti, continuar como si nada, cuando rengueando el alma se me quedó.  Las semanas me parecieron años y los meses,  siglos interminables.

Desconocía el océano de lágrimas que albergaba dentro de mi y aunque trizado, seguía  latiendo mi corazón.  Recuerdo las noches en que rendido caía mi cuerpo y  aletargados mis párpados se dormían, vencidos por el olvido.

Y cuando ya creía que Dios me había olvidado, un rayo de sol vino a liberarme del pozo donde yacía, iluminó mi rostro, despejó mi mente y una misteriosa esperanza me sacó de la cama.  Me encontré de pronto, respirando el aire fresco de la calle y sin saber cómo, me hallé sentada en una cafetería, esperando por un café y un apetitoso cruasán. Todavía recuerdo ese momento como algo mágico, pues enseguida me sentí viva y disfruté como nunca del sabor de mi prosaico café y cruasán. 

El placer por las pequeñas cosas de la vida, están siempre ahí, siempre a mano, aunque no seamos capaces de verlas.

Esa no era yo

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Esa mujer que has visto ayer por la calle, no era yo.  Aunque se me parecía, a quien ayer divisaste, no era yo.  En realidad, era aquella que iba de incógnito tras unas enormes gafas de sol.

Mi querido amigo, de casos como el mío están llenas las calles, de mujeres usurpadas de su juventud y obligadas por el calendario a lucir como lo que no son, o mejor dicho, como lo que no sienten: aparentes matronas, vestidas de modernas, quitándose diez años de encima, y más, a ser posible. Una vez hayamos llegado donde nuestras madres antes estuvieron, ya solo es una cuestión de sensibilidad, el saber llevar con dignidad la palmaria evidencia del paso de los años.

No conozco a nadie que haya cumplido el medio siglo y no se haya sentido violentado por su imagen en el espejo. Como por arte de algún maleficio, éste ha dejado de sernos fiel y se ha convertido en nuestro enemigo diario y a partir de aquí, ya no hay escapatoria alguna, dondequiera que vayamos, dondequiera que lo encontremos, cruelmente nos irá reflejando nuestro lento e inexorable deterioro, y así,  hasta el mismo fin.

Gira y gira

 

contemplacion

 

Gira y gira,

la vida sigue,

rotando imparable, 

mudando el mundo,

como siempre ha hecho,

y siempre hará.

Tan distinto eras,

cuando yo nací,

tan distinto hoy,

como lo serás mañana.

Una tarde cualquiera,

dejaré de ser,

la luz del día,

no volveré a ver,

desapareceré del mundo,

mis palabras no,

restarán ocultas,

en este espacio,

hablarán por mi,

dando sentido,

a todo lo que viví.