Entre escaparates

Me hallaba en un centro comercial, de lo más de lo más, ahíta de hamburguesa, patatas fritas y medio litro de coca cola, pretendía hacer hora antes de entrar al cine, mirando escaparates, atraída por los colores, entrando en las tiendas mas tentadoras, palpando  telas y texturas, echando un ojo a las nuevas tendencias y estaba en ello cuando, de pronto reparé en una mujer grande, bastante redonda, enfundada en un vestido amarillo furioso sin mangas, que incómodamente se le apegaba a las piernas, por culpa de aquella tela imán para medias de nylon. Le presté más atención a la segunda o tercera vez que me la topé cerca de los probadores, que como yo, parecía buscar algo sin saber qué, aunque seguramente ella estaría mejor equipada que yo en cuestión de tarjetas.  La imaginé extranjera, podría venir de Panamá, pues no me pareció argentina, por su estilo provinciano de nueva rica, repeinada y bien enlacada de peluquería, de pelo corto, en forma de casco y de un discreto rubio teñido. Llevaba unas sandalias negras de tacón aguja, tirando a sexies y un bolsito con pinta de buena marca, pero que en ella lucía algo ridículo, en proporción a su tamaña figura.

Perdí la cuenta la de veces que me topé con ella durante mi periplo y hasta me pareció que ya nos conocíamos, y en algún momento tuvimos tiempo de cruzar nuestras miradas y hasta creo que le esbocé una sonrisa, tal vez buscando en sus ojos alguna complicidad, cosa que no sucedió, ella siguió su camino y a la salida de la tienda, la vi preguntando algo al guardia, lo cual probaría mi teoría sobre una turista, casada, con marido bien aposentado, muy ocupado para acompañarla y seguramente con hijos desperdigados por el mundo desde hace ya tiempo.

Era una tarde cualquiera donde dos mujeres maduras y solas, coincidieron entre escaparates, sin más en común que una distraída manera de matar el tiempo. Y ahora yo me pregunto, ¿será que también los demás ven en mi, la misma triste soledad que yo vi en la mujer de amarillo?

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